Aprender a cuidarnos

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Desde pequeños nos enseñan la importancia de cuidar a los demás, de poder pensar en ellos, escucharlos, ayudarles en todo lo que necesiten… ¡Incluso aunque sólo requieran un abrazo fuerte! Sin embargo, muchas veces nos cuesta poner en marcha esas habilidades con nosotros mismos.


Cuidar significa estar al cargo y proveer con el fin de fomentar el bienestar de la otra persona y evitar cualquier tipo de perjuicio. En las relaciones humanas, esta acción es especialmente elaborada. No sólo debemos cubrir necesidades básicas, si no también acompañar y estar con la otra persona a nivel psicológico y emocional. Para ello, cobra especial importancia la teoría de la mente, la cual desarrollamos según vamos creciendo durante la etapa infantil. Gracias a esto, podemos ponernos en el lugar del otro y entender situaciones sociales complejas. El poder ponernos en el lugar del otro, facilita poder entenderle y, por tanto, ser mejores en acompañar emocionalmente y psicológicamente.

Cuando hablamos de autocuidado, nos referimos a todas esas habilidades que ponemos en marcha en el cuidado de los demás, haciéndolo con nosotros mismos. Dichas herramientas son fundamentales en el bienestar propio y forman parte ineludible dentro de un proceso terapéutico.

Dificultades en el autocuidado

Hay varios motivos por los que podemos tener especial dificultades en estos aspectos, vamos a destacar algunos importantes:

  • Nuestro crecimiento.

De pequeños no tuvimos adultos en nuestro entorno que pudiesen enseñarnos estas habilidades, por lo que puede que nos cueste identificar necesidades en otros y/o en nosotros y, por tanto, resulta difícil poder cubrirlas. Hay varios factores que pueden generar un crecimiento en un ambiente complicado. Por ejemplo, los factores externos como los económicos, que pueden provocar la ausencia frecuente de nuestras figuras de referencia en la infancia. Una dificultad para atender las necesidades de otros o problemáticas en la familia como depresión en nuestras figuras vinculares, hacen que los propios niños/as de la familia desarrollen dificultades en el autocuidado.

  • Nuestro principal valor es cuidar al otro.

En muchos casos, relacionamos nuestra propia valía y autoestima casi exclusivamente con el hecho de servir y ayudar a los demás. Esto es una cualidad preciosa y muy estimable, siempre y cuando el priorizarnos a nosotros mismos y atendernos no nos haga perder dicha valía. Es complicado poder ayudar a los demás y cuidarles cuando nosotros no nos encontramos bien. Al igual que en las instrucciones de vuelo en un avión nos indican que primero tenemos que ponernos la mascarilla nosotros y luego asistir al resto, ocurre lo mismo en estos aspectos.

  • Nuestro aprendizaje.

No tenemos herramientas y habilidades suficientes. No poder cuidarnos en general o en temas concretos, en ocasiones se debe a que el autocuidado activa experiencias y recuerdos pasados no elaborados o trabajados. Al tener esa emoción, ese momento difícil, ese problema o situación vital hace que nos desbordemos y nos sintamos muy vulnerables y perdidos, necesitando, como si fuésemos de nuevo niños/as, una figura fuerte de referencia que sea quién nos cuide. Tener a alguien así, es bueno y un privilegio, pero a la larga, dependemos de esta persona totalmente y no desarrollamos nuestras propias estrategias de autocuidado y gestión emocional. Tener apoyos en el entorno es fundamental, pero también lo es tener nuestras propias habilidades de autocuidado.

Si te sientes identificado con alguno de estos escenarios, puede ser interesante que inicies un proceso de terapia, puedes conocer más sobre nuestro equipo aquí.

Pautas básicas para empezar a cuidarnos

– Escucharnos.

Si no nos paramos a conectar con nosotros mismos, es muy complicado poder detectar qué estamos necesitando y cómo nos encontramos. Al igual que antes de ayudar y cuidar a otra persona, lo primero que hacemos es escuchar qué le ocurre y cómo se encuentra, tenemos que hacer el mismo proceso con nosotros mismos, para poder ajustar nuestra respuesta y cubrir de forma correcta nuestra necesidad.

– No juzgarnos.

El poder acercarnos a los problemas, emociones, inquietudes de otro sin juzgar, nos facilita el poder realmente favorecer un acompañamiento sano y compasivo. Si cuando alguien nos cuenta algo, actuamos juzgando o regañando, esa persona no se sentirá mejor y, probablemente, no vuelva a recurrir a nosotros en circunstancias similares. De igual manera ocurre con nosotros mismos. Juzgarnos solo aumenta el malestar y dificulta todavía más el entendernos y el ayudarnos. Es importante, por tanto, poder desarrollar estrategias de autocompasión.

– Conocernos.

Una vez que nos hemos escuchado sin juzgar, entendemos qué sentimos y qué nos está pasando, podemos buscar una respuesta ajustada a ello. No existen respuestas universalmente acertadas para cada situación o sentimiento. Es importante poder conocer qué nos ayuda en los momentos complicados y cuáles son nuestros valores para poder dirigirnos a ellos, especialmente en este tipo de situaciones vitales. Esto es algo que requiere tiempo. Fomentar el autoconocimiento es uno de los motivos por los que iniciar una terapia psicológica, pues es fundamental para poder aprender a cuidarnos.

ANEXO PAUTAS MÁS ESPECIFICAS

Ideas para el autocuidado

  • A nivel físico:

Existe una relación muy importante entre lo físico y lo mental. La mala salud mental se relaciona con factores de riesgo a la hora de desarrollar condiciones físicas crónicas y viceversa. Cuidarnos a nivel físico ayudará a tener un mayor bienestar psicológico, algo fundamental en general pero especialmente en momentos más complicados, donde sentimos que estamos pasando por una mala etapa y tenemos un mayor malestar. En esta área, podemos poner en marcha formas de autocuidado básicas y bien conocidas por todos como: dormir entre siete u ocho horas, comer sano, hacer ejercicio regular, tener momentos de descanso…

  • A nivel cognitivo:

Aunque no somos lo que pensamos y lo que sentimos, tal y como se explica en el concepto del yo como contexto, no cabe ninguna duda de cómo influyen los pensamientos y la relación que tenemos con ellos en nuestro día a día. De la misma manera, ejercitar nuestra cognición también ayuda a sentirnos activos y capaces, aportándonos un estado de mayor bienestar y fortaleciendo nuestra autoestima. En este sentido, podemos buscar actividades estimulantes que nos gusten como estudiar o aprender algo nuevo, leer, hacer sudokus o crucigramas… Esto lo podemos compaginar con actividades que permitan la desconexión cognitiva, especialmente si eres una persona que tiende a enredarse con sus pensamientos: meditación, mindfulness, dar un paseo por la naturaleza, estar en silencio…

  • A nivel emocional:

También es fundamental poder atender a nuestro estado anímico. Cuando nos encontramos mal, nos podemos escuchar, comprender qué emoción tengo y por qué la siento. Posteriormente podremos poner en marcha habilidades de autocuidado en esta dirección: autoperdón y autocompasión, manejo del estrés y la ansiedad, actividades placenteras….

  • A nivel social:

El ser humano es el animal más social de todos. Al estar incluidos en una cultura y sociedad, podemos disfrutar del sentido de pertenencia, enriquecernos con los demás, tener nuevas experiencias y ampliar horizontes. Las relaciones sanas nos ayudan a sentirnos acompañados y nos permite establecer vínculos que aportan sentido a nuestra vida. A veces cuando nos encontramos mal tenemos especial dificultad para salir de nuestro cascarón emocional y conectar con otros, pero si logramos hacerlo, el malestar resultará un poco más subjetivo y nos sentiremos capaces de gestionarlo mejor. Por tanto, en este aspecto puede ser interesante contarle a alguien lo que nos ocurre, ser escuchado y escuchar a otros, dar y recibir afecto, o compartir alguna actividad con alguien.