El antídoto para la autocrítica

Cuando cometemos un error, muchas veces nos machacamos y recriminamos. No nos permitimos cometer fallos, tener imperfecciones. En momentos difíciles, muchas veces nos exigimos estar mejor cuanto antes para poder dejar nuestras debilidades y preocupaciones atrás.

Todos tratamos de sacar nuestra parte más compasiva cuando un ser querido nos cuenta algo que le afecta, un error que ha cometido, una situación donde lo ha pasado mal… En esos momentos, no dudamos de las actitudes que necesita la otra persona de nosotros, o qué palabras de consuelo emplear. Desde nuestra mirada externa y nuestro amor hacia ellos, es muy probable que los errores que hayan podido cometer tengan menos peso. Queremos acompañarles de forma paciente y comprensiva durante los periodos en los que no se encuentran bien o algo desagradable les ha pasado.
Entonces, ¿por qué razón no es tan fácil hacer lo propio con nosotros mismos?

Por qué nos está costando ser compasivos con nosotros mismos

Hay muchos factores que pueden afectar a esta forma de relacionarnos con nosotros mismos que hemos ido desarrollando. Vamos a exponer aquí tres muy importantes:

1. En la sociedad occidental se ha construido una educación dirigida al éxito individual.

Dentro de este marco, cometer faltas y errores derivados de nuestras imperfecciones (propias de la naturaleza humana) está especialmente castigado. Este éxito lo buscamos en todas las áreas de nuestra vida, y se ve reflejado por muchos elementos que nos rodean. Por ejemplo, los anuncios publicitarios siempre nos empujan a desear ser mejores. Crean la ilusión de que seremos capaces de alcanzar en algún momento la máxima perfección. Lo mismo ocurre con nuestro estado psicológico y emocional. Y es que en este contexto, también se pretende poder alcanzar una vida perfecta en la que tengamos un constante estado de satisfacción, felicidad y ausencia total de problemas o preocupaciones.

2. El “Yo Padre” de la teoría del Análisis Transaccional, de Eric Berne.

La Teoría del Análisis Transaccional recoge tres estados del “Yo”. Una de ellos es el Yo Padre, el cual se encarga de las normas, los límites, valores, moral, ética, etc. En este estado, hemos introducido dentro de nosotros una figura paterna construida a semejanza de nuestras propias figuras de referencia en la infancia. Dentro de una figura así, debería haber dos facetas: una parte más autoritaria y otra más protectora y compasiva. Sin embargo, es habitual que encontremos personas con un “Yo Padre” muy exigente y autoritario, incapaz de poder dar un respiro, acompañar y ser compasivo en los momentos necesarios. De esta manera, las personas exigentes, ante la incapacidad de generar esa mirada y discurso hacia sí mismas, tienen mucha dificultad para poder permitirse tener fallos y faltas.

3. Las experiencias juegan un papel muy importante en cómo hemos aprendido a mirar el mundo y a mirarnos a nosotros mismos.

En el histórico de nuestra vida hemos podido tener experiencias que han alimentado una baja autoestima y una imagen equivocada de nosotros mismos: acoso escolar, falta de habilidades sociales, etiquetas con una connotación negativa, etc.

Nuestras experiencias influirán en todo lo que nos construye. Así, cuando no estamos a gusto con quienes somos, no tenemos la capacidad de mirarnos con amor y compasión. Solemos compensar esto con exigencia, intentando que no se noten nuestras imperfecciones, no permitiéndonos ningún fallo y llegando a sufrir mucho cuando éstos se hacen evidentes.

¿Qué es la autocompasión?

El concepto de autocompasión ha tenido mucha presencia en las sociedades orientales, y poco a poco lo hemos empezado a introducir en occidente. Kristin Neff es una de las investigadoras más destacadas en este proceso. Ella define la autocompasión descomponiéndolo en tres aspectos:
Auto-amabilidad: mirada compasiva en contraposición a la autocrítica.
Sentimiento de pertenencia: como alternativa a la sensación de aislamiento.
Atención plena o mindfulness: como alternativa a la fusión con los pensamientos y sentimientos.
En este artículo ponemos el foco en la auto-amabilidad, sigue leyendo para conocer pautas de cómo llevarla acabo.

Aprendiendo a ser un poco más compasivo conmigo mismo

Algo que puede ayudarnos a aprender a ser más compasivos con nosotros mismos es introducir esa compasión y mirada de amor que mostramos por nuestros seres queridos en nosotros mismos. Esto puede ser toda una misión, pero de forma progresiva, podemos lograr pequeños cambios.

La próxima vez que hayas cometido un error, hayas tenido una situación de fracaso, sientas que has hecho el ridículo o estés pasando un mal momento, permite un momento de reflexión. Piensa en qué te dirías y cómo te verías si fuese un ser querido quién estuviese pasando por algo así. Probablemente podrías entender que los errores son naturales, que nadie es perfecto. Este ser querido te acepta tal y como eres, entiende tu historia y quién eres. Comprende que no todo ello forma parte de ti por tu propia elección. Este ser querido te acompañaría, te perdonaría y te miraría con amor a pesar de lo ocurrido.

Esta idea general es sólo una pincelada de todo el trabajo que puede hacerse dentro de un contexto terapéutico en el que se pretenda desarrollar la autocompasión. Como hemos expuesto, la forma de relacionarnos con nosotros mismos depende de nuestras experiencias, figuras de referencia, e incluso del contexto cultural y social en el que hemos nacido. Por ello, es natural requerir de apoyo profesional para trabajar todo esto.

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