¡Quiero ser feliz!

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La Real Academia de la Lengua Española define la felicidad como un estado de grata satisfacción espiritual o física, o como la ausencia de inconvenientes y tropiezos.

A partir de la entrevista realizada a Edgar Cabanas en Aprendemos juntos, hemos querido resumir los aprendizajes adquiridos. Edgar es psicólogo y autor del libro Happycracia. La entrevista realizada habla de la felicidad, una emoción que se ha puesto al servicio del mercado y que puede llegar a controlar nuestras vidas.

Entonces, ¿es posible ser feliz?

Si entendemos la felicidad como la ausencia de problemas, estamos ante un objetivo inalcanzable. Las emociones son pasajeras y no pueden considerarse como un estado permanente de las personas. Alcanzar una vida sin preocupaciones ni problemas es una meta imposible. Por lo tanto, tratar de llegar a un estado pleno y constante de satisfacción es un objetivo que puede conducirnos a un camino de frustración.

Con esto no queremos decir que haya que resignarse al malestar, sino que tenemos que aceptar las emociones desagradables como parte de la vida y no evitarlas. Las personas sienten multitud de emociones de todo tipo a lo largo del día. Sabemos que tratar de ver el lado positivo de todo y no permitirse sentir dolor puede generar problemas de mayor envergadura como ansiedad o depresión.

Puede que la intención de ser feliz todo el tiempo haga que no le demos la importancia que tienen las emociones propias o las de nuestros seres queridos. Si transmitimos a los niños la necesidad imperiosa de ser feliz todo el tiempo, pueden entender que está prohibido hablar de aquello que les preocupa o les resulta desagradable. Es decir, una búsqueda constante de felicidad puede generar más problemas que beneficios en la salud mental.

Redefine la búsqueda de la felicidad

No queremos que las personas se resignen y renuncien a aquello que les hace sentir bien. Sin embargo, se suele intentar alcanzar la felicidad como un rasgo permanente de las personas, una forma de vida que resulta inalcanzable. La tendencia a minimizar las emociones o situaciones desagradables puede hacer mucho daño a nivel psicológico. En terapia, solemos encontrarnos con personas que han pasado por situaciones desagradables y no se han permitido sentir las emociones derivadas de dicha situación, no permitiendo que las emociones cumplan su función.

Imaginemos que las emociones son un río que fluye de manera natural. En este río pueden aparecer piedras, hojas o arena; entre otras cosas; que son arrastradas por el agua, aunque a veces lo enturbian. Si tratamos de que el agua llegue totalmente limpia al mar vamos a necesitar poner una barrera artificial para que no pase aquello que no sea agua. Sin embargo, cuando ponemos esta presa, las piedras o las hojas se van a ir acumulando tras este muro. Al principio, el cumulo no va a tener mayor implicación, pero con el tiempo si no dedicamos tiempo a vaciar de hojas y piedras, el agua dejará de pasar y se estancará. Mi río se quedará seco y mis intentos por tener el agua lo más limpia posible acabarán siendo un problema en sí mismo.
Con las emociones pasa lo mismo, tenemos que aceptar el malestar como parte de la vida porque no elegimos como nos sentimos ni aquellas situaciones adversas que nos ocurren.


En la entrevista de Aprendemos Juntos, Edgar dice una frase muy enriquecedora “las emociones son al fin y al cabo acciones y reacciones sociales. La función de las emociones no es solo sentirlas, si no también compartirlas.” Es decir, las personas no podemos tener como objetivo principal ser felices. Si no aprender a valorar los momentos de alegría. Momentos que, aunque sean temporales, suponen un respiro ante otras emociones desagradables. La verdadera felicidad es aquella que entiende que no puede ser eterna.

 

 

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